El día que Letizia Ortiz recogió su Lexus
viernes, 7 octubre 2011, 12:20
Carmen Duerto
Y digo la marca porque no es cualquier cosa, es el coche. Y digo que lo recogió porque así lo dijeron en el establecimiento. Que conste que lo entiendo, porque es algo que te queda de la vida anterior de cuando te hacía ilusión estrenar lo que comprabas con el sudor de la frente. Eso sí, no me quedé para comprobarlo.
Esto sucedió hace más de un mes. Antes de empezar
los colegios, dato importante porque es el típico coche que llevan las madres
para recoger a los niños, especialmente a los del Rosales. Que vivo
enfrente y las veo acarreando críos, en un sin parar de ir y venir de coches de
alta gama con esos relucientes 4x4, como si bajaran de las montañas y subieran
a los pedregales. Y Letizia, siempre que puede, hace lo propio. Aunque ella se mete en el aparcamiento y allí procede a dejar o recoger a sus hijas.
En estas estaban, en el concesionario de Lexus en
El Plantío -al Oeste de Madrid-, cuando el señor vendedor dice; "Si no le
importa, por favor, subamos al piso de arriba porque doña Letizia está a punto
de llegar a recoger su coche". Claro, no faltaba más, quitarse de en medio
no vayamos a rasparle la carrocería con la cremallera del Vuitton o lo que
sería más grave e inseguro, respirar el mismo aire. Enseguida me metí en esa problemática del aire contaminado y le di toda la razón. La cantidad de plagas que se transmiten por el aire...
Es que son las casualidades de la vida. Como aquella en
la que terminamos cenando codo con codo en el restaurante cubano La
Negra Tomasa. Ella llegó tan ricamente a cenar -de incógnito- con su modisto, el marido
del modisto y una amiga. Si no fuera por los "discretos"
guardaespaldas que se pasaron las tres horas con la misma bebida sin moverse de
la barra del restaurante o por el intento, amablemente desaconsejado por el
hombre que bebía el liquido inagotable, de un cliente de hacer una foto con su
móvil e incluso, por el intento de ella de querer despistar al camarero, haciéndose pasar por una mujer anónima de esas que se parecen mucho a la princesa y a la que siempre confunden con ella, sino hubiera sido por todas esas casualidades, todo habría quedado en una de esas salidas furtivas como las que hacían antaño los reyes franceses.
Y lo mejor de todo es que, posteriormente, uno que se caracteriza por hablar de educación y ser él en sí mismo un compendio de mala educación aspirante permanente a asesor en estilismos reales, me decía en confidencia que el modisto de referencia decía que era falso, que ellos nunca cenaron en La Negra Tomasa y claro, yo soy la Delfina de Francia y mi marido el Duque de Suffolk, con permiso de María Margarita de Vargas.
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