La ausencia de la infanta Elena en la fiesta que la revista Telva organiza todos los años en Madrid, con objeto de homenajear al mundo de la moda, fue el tema principal de la noche del lunes en el Palacio de Cibeles. Durante los últimos años, la primogénita del Rey no había faltado ni una sola edición. Por eso, su espantada de este año no fue muy comprensible para todos aquellos que no habían leído los últimos artículos publicados en El Mundo sobre los negocios de su cuñado Iñaki Urdangarin. Varios textos que intentan arrojar luz sobre la supuesta implicación del exjugador de balonmano en el casoPalma Arena, por desviar presuntamente a Aizoon S. L. (promotora inmobiliaria propiedad del propioUrdangarín y la infanta Cristina de Borbón)parte de las subvenciones millonarias otorgadas al yerno del Rey por el Gobierno balear que presidió Jaume Matas.
Si había alguna posibilidad de que, en el último momento, la infanta Elena se colocara el tacón y el traje largo para acudir a los Telva, esta opción se evaporó con los datos publicados esa misma mañana en el periódico de Pedro J. Ramírez (Telva pertenece a Unidad Editorial), en el que se detallaba que el juez Castro había ordenado a la Agencia Tributaria elaborar un informe sobre la inmobiliaria de los Duques de Palma y sus cuentas bancarias, al observar indicios de la comisión de un delito de malversación de caudales públicos.
Al preguntar sobre esta cuestión al propio Pedro J., anfitrión en la fiesta del lunes junto a la directora de Telva, Olga Ruíz, este quiso, en un primer momento, echar balones fuera aduciendo que no estaba muy enterado del listado de invitados, ya que no era el director de Telva. Al cuestionarle su respuesta, algo inverosímil, recapacitó y dio la pista de la causa fundamental de la ausencia de la duquesa de Lugo:“Puede ser que tenga que ver con lo que hemos publicado”, afirmó. Y efectivamente ahí, en lasolidaridad familiar, está la razón del desplante real. Entre otras cosas, porque la infanta Elena debía compartir mesa presidencial con la cúpula de la empresa editora que se ha convertido en el azote de su cuñado.
La infanta y los Telva
Se esperaba el lunes la presencia de doña Elena en el Palacio de Cibeles ya que, además de dar lustre a esta fiesta, se lo suele pasar de cine. Incluso, este encuentro social se convirtió en la última convocatoria lúdica a la que acudió con Jaime de Marichalar como duque consorte, unas semanas antes de hacer oficial el “cese temporal de la convivencia”, aquel eufemismo que utilizó la Casa Real para confirmar que la infanta y su marido no se aguantaban.
La fotografía en la edición de 2007 de la infanta junto a Marichalar sirvió para ilustrar las informaciones relativas al primer divorcio de un miembro de la Casa Real. Las imágenes se analizaron con lupa, porque era evidente que aquella noche no era la más feliz para ambos. Pocas semanas después de aquella cita, quedaría claro por qué los duques prácticamente ni se hablaron durante la velada.
Al año siguiente, la infanta le dio la venia a la duquesa de Palma,que apareció con un estilismo sorprendente: un vestido negro con los hombros al aire firmado por Caprile y una cola de caballo que la rejuvenecía. A partir del 2009 y hasta esta edición, la infanta ejerció encantada de single. No necesitaba caballero acompañante y tampoco la varita mágica de su ex para aparecer reluciente, porque aparte de Marichalar siempre ha tenido en Telva a sus mejores consejeras y estilistas, como Alicia Chapa, que también era amiga del duque de sus tiempos parisinos.
Por lo tanto, la relación de Elena con la revista tenía un recorrido al margen de la pura representación de la corona en los fastos de un medio totalmente instaurado en la sociedad española. Por eso extrañó tanto su ausencia del lunes. Una ausencia que todos allí achacaron al enfado de la Casa Real con los artículos de Pedro J. sobre el marido de la infanta Cristina. Precisamente, la posición institucional de doña Elena como hija de monarca reinante debería ser apoyar a un medio que da trabajo a muchos ciudadanos. Respaldar con su no concurrencia lo inexplicablemente turbio no es de recibo.
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